
Diana, de ocho años, vivía en Millbrook con los Cruz, que la maltrataban y la hacían pasar hambre. Una noche nevada la echaron por tomar una costilla. Junto a un contenedor halló un volante de niña desaparecida: la edad, el rostro y la marca de nacimiento coincidían. Con su última moneda llamó a Daniel Castro, un ejecutivo de Pittsburgh cuya hija había sido secuestrada al año. La prueba de ADN confirmó el vínculo. Los culpables enfrentaron la justicia y Diana volvió a casa.